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100 años de “EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN”, de David Wark Griffith – 15 y 17 de Diciembre en Sala Dos



La corrección política, que a veces es un fastidio, ha determinado que el nombre del premio otorgado anualmente por el Sindicato de Directores de los Estados Unidos deje de llamarse David Wark Griffith, como una forma de condenar al cineasta por su racismo, ampliamente exhibido en una película monumental llamada El nacimiento de una nación, una crónica de la Guerra de Secesión contemplada desde una perspectiva sudista en la que al final los héroes del día eran los Caballeros del Ku-Klux-Klan.


Por supuesto, si hubiera que borrar de los libros y las calles los nombres de los próceres de muchos lados que apoyaron o toleraron la esclavitud (lista que incluye desde George Washington a José Artigas) habría que borrar a demasiada gente, y los muchachos del sindicato ignoran en todo caso que Griffith también fue el director de Pimpollos rotos, una de las primeras historias de amor interraciales del cine, lo que prueba que por lo menos era un tipo complejo. El recuerdo de Griffith en esta programación tiene de todos modos otro significado: en 2015 se cumplieron los cien años del estreno de El nacimiento de una nación, y ese día el cine dio un paso gigantesco.


Los Lumiére habían inventado el aparato. Mélies y otros supieron usarlo como herramienta para ingenuos espectáculos de feria. Los norteamericanos, empezando por Porter, propusieron los rudimentos de un lenguaje. Pero fue Griffith, en varios centenares de cortos, quien desarrolló prácticamente todos los elementos de ese lenguaje: movimientos de cámara, variación de planos y ángulos, montaje alterno, hasta variantes del formato de pantalla mediante barras negras horizontales y verticales. Todos esos elementos culminan en El nacimiento de una nación, película con la que, básicamente, nace también el arte del cine. Stanley Kubrick lo dijo alguna vez. “Él lo hizo todo. Despuès de Griffith, nadie inventó nada”.


El film se exhibe en Sala Dos junto con la otra ópera magna de Griffith, Intolerancia, que amplió los experimentos de Griffith con el lenguaje y dio lugar a un divulgado chiste de que probaba que las dos cosas que el cineasta detestaba más en el mundo eran la intolerancia y los negros.


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